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martes, 15 de junio de 2010

La mano visible

Bernard nos dio un ejemplo de la mano invisible. The Economist nos da otro ejemplo, el de la mano visible. Al artículo aquí.

lunes, 14 de junio de 2010

La mano invisible

Hoy salí de casa apurado, desabrigado, sin mirar el pronóstico y, consecuentemente, sin paraguas. En determinado momento de la mañana me encontraba en el centro con unos papeles importantes cuando se largó a llover. De la nada, y casi como un milagro, aparecieron los vendedores de paraguas. ¡Benditos sean, me salvaron las papas! En el momento de pagarle a mi salvador me percaté de que estaba frente a un monopolio feroz. Este señor se estaba aprovechando de mi urgencia. Le pagué con gusto.

Decía Adam Smith en "La riqueza de las naciones":
No es la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero la que nos procura el alimento, sino la consideración de su propio interés. No invocamos sus sentimientos humanitarios sino su egoísmo; ni les hablamos de nuestras necesidades, sino de sus ventajas.
Esta idea, bautizada (no por Smith) como "la mano invisible", fue uno de los puntapiés iniciales del análisis económico. No soy un talibán del mercado; hay sobrados casos en los cuales tiende a fallar. Poder de mercado, externalidades, asimetrías de información. Sin embargo, en la gran mayoría de los casos el mercado logra resultados al menos tan buenos como los de cualquier otra forma de organización social. Como dijo una vez mi amigo Frank: sin ser perfecto, es el mejor sistema que conocemos. Y si bien el libro de Smith es de 1776, la mano invisible "se ve" todos los días. Dos ejemplos de la vida cotidiana:

+ La ciudad de Buenos Aires es una ciudad con déficit habitacional y problemas de tránsito. Lo óptimo sería construir más casas y usar menos el auto. La demanda de viviendas sube el precio de la propiedad, incentiva un boom inmobiliario y le complica la vida a los dueños y concesionarios de garages y estaciones de servicio, que deben pagar alquileres más altos. En consecuencia cada vez hay menos lugar para estacionar, sube el precio de los escasos lugares y es cada vez más incómodo cargar combustible. Esto desalienta el uso del automóvil en las zonas céntricas. ¡Qué casualidad! ¿No?

+ La vez pasada veía en el noticiero a una pareja de turistas que quiso ver el partido de Argentina y no encontró lugar en los barcitos del centro, entonces tuvo que conformarse con mojarse un poco y verlo en las pantallas gigantes que instaló el gobierno de la ciudad. Los barcitos estaban repletos de hinchas que habían buscado lugar con antelación, algunos que valoraban mucho ver el partido con amigos, otros que no tenían televisor en la casa, muchas personas mayores habitués de ver el fútbol en el bar (en lugar de mojarse). Pensé: ¿cómo hubiera asignado los escasos lugares de los bares entre los que querían ver el partido? ¿qué prioridad le hubiera asignado al típico hincha de bar y qué prioridad a los turistas de ocasión? No sé si la distribución era justa, pero no se me hubiera ocurrido una mejor.

Por último, unas reflexiones:

+ ¿Qué pasaría si tuviéramos libertad sindical?
+ ¿Y si pudiéramos optar libremente entre obra social o prepaga?
+ ¿Y si existiera la libre opción jubilatoria?

Nada de eso existe hoy, pero los resultados serían al menos tan buenos como los actuales. Es más, me animo a decir que serían estrictamente mejores.