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miércoles, 24 de marzo de 2010

24 de Marzo

Por un profesional de la palabra y el pensamiento que personalmente me gusta mucho. Aquí, escrito ya hace cuatro años. Impecable.



martes, 16 de marzo de 2010

La cuenta pendiente



Es difícil encontrarle logros al ciclo que se cierra con Cristina Fernández. Un lugar común suele ser su política de derechos humanos. Yo no estoy de acuerdo.

Para todos los que nacimos en democracia, es un debate ajeno. No porque no nos incumba; ese debate es una de las piezas fundamentales de nuestra democracia, lo que legitima y pondera en toda su dimensión el valor de nuestra libertad. Pero es ajeno porque se nos fue impuesto. Es una herencia que vino con un lenguaje propio y los buenos y malos ya señalados. Cada uno tiene su versión en base a lo que le contaron o lo que leyó. Todos intentamos aproximarnos pero todavía no estamos bien de acuerdo en la historia completa.

En eso las generaciones pasadas dejaron mucho que desear. Las leyes del perdón y los indultos hacia ambos bandos hicieron un flaco favor a la memoria colectiva. Perdonar es también olvidar un poco. Sin embargo, tampoco hay que caer en "el discurso". Alfonsín, como se sabe, hizo el juicio a las Juntas cuando los leones estaban sueltos y mordían. El perdón y la amnistía menemista, con los que se violó el derecho a la justicia de miles de víctimas, fue el precio que se pagó para pacificar el país. Quizás ese era el precio de nuestra democracia. Quizás podíamos dejar el pasado atrás y mirar hacia un futuro en paz. Ese era el camino que eligieron en aquél momento los gobernantes y con el que muchos, razonablemente, estaban en abierto desacuerdo.

De a poco nuestra democracia se fue haciendo más fuerte, a la par del resto de las democracias latinoamericanas y a partir de la caída del muro. Los años de plomo fueron quedando atrás, pero los odios y rencores todavía existían. De allí, dos caminos posibles. O avanzar en una investigación profunda y completa de lo que ocurrió en aquellos años, e impartir justicia hasta el límite de lo alcanzable por los poderes del Estado. O perdonar. Investigar y no castigar no era posible; perdonar sin lesionar a las víctimas, tampoco.

El kirchnerismo no eligió ninguna de las dos sino que, en su heterodoxia, improvisó. Perdonó a algunos y castigó a otros. Y lo que es más grave aún es que la historia oficial se escribió entonces hasta los límites que le impuso esta estrategia política, y quienes nacimos en democracia nos quedamos sin entender cuánto valen en realidad nuestros derechos y libertades. Porque la democracia era al fin la caída de un régimen despótico y nada más. Porque en la Argentina ningún grupo terrorista intentó disputarle el poder a Perón. Porque durante la democracia no hubo desaparecidos. Porque en ningún momento en la Argentina estuvieron tan entrelazadas la política y la violencia. Los malos perdieron, los buenos ganaron, y a otra cosa. Es una gran tragedia que tanta sangre derramada en aquellos años no nos hayan dejado más memoria que la que nos contó este gobierno.

Creo que lo que se llama "política de derechos humanos" del gobierno kirchnerista fue desastrosa. Las leyes del perdón fueron un gran precio, quizás demasiado alto, que pagó nuestra sociedad para vivir en paz. Volver hacia atrás hubiera sido un gran avance para la justicia colectiva, pero sólo si se hubiera investigado por completo lo que ocurió en aquellos años. Olvidar el precio de la amnistía para después revisar la historia a medias, es para mí un gran desastre.

Quedará para nuestra generación y las futuras reescribir lo que los Kirchner intentaron borrar. Con fuentes que se van muriendo, heridas que se volvieron a abrir, y con ese lenguaje heredado que se hizo cargo sólo de la mitad de las víctimas: los "derechos humanos".

lunes, 15 de marzo de 2010

El discurso


Gestado a partir de la recesión de fines de los 90, "el discurso" alcanzó su apogeo en los años cúlmine de la crisis de 2002 y se perfeccionó durante el kirchnerismo. Recuerdo que en los años de la crisis escuchaba a familiares, amigos, periodistas y políticos repetir que eramos víctimas de los de afuera, del FMI, de los fondos buitres, de los militares, del neoliberalismo, del establishment, de los ricos. Todo metido en una gran olla que destilaba resentimiento y lo canalizaba a través de un nacionalismo berreta, flojo de papeles. A ese envión inicial se le sumó el posterior "que se vayan todos", como para restar compromiso a la ya abundante falta de compromiso. Era eso, en definitiva, lo que amalgamaba "el discurso": no aquél falso nacionalismo per se, sino la falta de compromiso, el facilismo conceptual, la irresponsabilidad automática para echar culpas al otro, al de afuera, al rico, al ladrón, al policía; para encontrar al malo, con actitud crítica, con astucia argentina; para desenmascarar la conspiración, señalar a los culpables; inclusive capaz de crear un enemigo ficticio para tener a quién golpear; para asignar derechos, porque es deber del Estado, a mí me corresponde, olvidando las consecuencias de nuestros actos, de que alguien siempre lo paga, de que toda riqueza que se distribuye es necesario crearla; pero a nosotros no, nunca: yo, argentino. Y así fue cómo "el discurso" se ganó el trono de la corrección política. De ahí en más nadie se animó a nada, nadie se jugó, todos compramos "el discurso", arropados bajo su amplísima frazada. Peronistas, radicales, independientes, todos debajo de la colcha, repitiendo "el discurso".

Era claro que iba a durar poco. Pero la historia, como muchas otras veces, demostró que no. Con gran astucia un hombre venido del sur, quien se convertiría en el animal político de su década, se apropió de "el discurso" y de sus réditos, amasando una formidable fortuna política de la noche a la mañana. Compró el saldo setentista (como diría Abraham), el saldo noventista, incluso se dio el lujo de borrar a Alfonsín con el codo, cuando pidió perdón en nombre del Estado a las víctimas de la dictadura por su "silencio". Por último, revolvió el saldo de la década del '50, para hacer frente al conflicto con el campo. Etiquetó a sus rivales, garcas, oligarcas, represores, golpistas; incluso creó otros: los grupos concentrados, los monopolios, el consenso de Washington (gran etiqueta para un antihéroe). Y así la política decantó en quién era más guapo, quién era más argentino, quién quería más a su país y a la igualdad de oportunidades y quién deseaba con más fuerza ver a una Argentina digna y de pie; frente a los grupos concentrados, imperialistas, amantes de la desigualdad y de la pobreza, entusiastas eternos de una Argentina de rodillas.

Revisando viejos pronósticos, no era claro que fuera a durar poco. Porque "el discurso" era el caldo de cultivo para el líder del pueblo, el héroe populista, el poronga que los llevara a todos puestos, que nos vendiera a precio regalado el discurso que tanto añorábamos. Total nuestros votos no valían nada, porque el sistema estaba digitado de antemano, al menos hasta que el líder llegó.

Como toda experiencia populista, se llevó más de lo que nos dejó. Pero yo tengo fe. Mejor dicho, tenía fe, de que nos dejara algo a cambio. Una enseñanza. Un aprendizaje. Tenía fe de que la caída de los Kirchner se llevara consigo a "el discurso". Quizás nos dábamos cuenta de que ellos no fueron los revolucionarios que decían ser, de que en otras épocas habían sido grandes amigos de quienes hoy denostaban, de que sus enemigos no eran tan malos como decían, de que un piquete no es malo pero mil piquetes sí lo son, de que la inflación existe, de que hay más pobres y Moyano es más rico, de que mientras ellos acumulan hoteles y casinos hay menos carne, menos gas, menos petróleo, menos electricidad, más inseguridad, mucha corrupción; de que el Estado lo pagamos entre todos y de que la vieja política que nos quitaba el sueño todavía no murió. Quizás nos dábamos cuenta de que "el discurso" fue una excusa que nos hicimos creer por un tiempo para hacer frente a nuestra propia ineptitud como sociedad. Una defensa natural que nos cuidó de perder la poca dignidad que nos quedaba, pero que había que dejar atrás, había que madurar. Debíamos comprender de una vez por todas que la riqueza que no teníamos no nos la habían sacado ni nos la iban a dar, era riqueza que no habíamos sabido generar.

Yo tenía esa fe. Pero lo cierto es que "el discurso" sigue vigente. Por eso nuestra oposición tiene pies de barro. Porque la corren con "el discurso", cuya corrección política nadie ha sabido, o nadie se ha animado, a disputar. Porque en el fondo, "el discurso" no es kirchnerista sino argentino. Y mientras se siga jugando a ver quién odia más a los noventa, a los milicos y al FMI, quién es más generoso con la plata del Estado y quién es más rápido para levantar el dedito y señalar a los malos, "el discurso" va a seguir vivo, en este gobierno y en el próximo. Y no sé cuántos años más nos llevará desterrarlo.