Dicen que las ideologías tienen los tiempos del acné: es algo transitorio y propio de la adolescencia. Ya se les va a pasar. Hay algo de trasgresor por la trasgresión misma. A algunos les basta con teñirse el pelo de verde y hacerse algunos piercings. Otros militan. Ser de izquierda para correr a otros por izquierda, por el placer mismo del atletismo dialéctico. Para fastidiar a papá burgués que lee Le Monde Diplomatique los domingos fumando un Montecristo y despotricando contra la sociedad de consumo. Jugar a estar a la izquierda de la izquierda de la izquierda, a la derecha del paredón del espectro político. Hay algo perversamente érotico en mostrar el conservadurismo que en el fondo tienen los progres, que promueven parches a un sistema inherentemente contradictorio e injusto como es el sistema capitalista. Masturbación ideológica que llega al climax cuando desde posturas claramente marxistas se acusa a otros marxistas de ser ortodoxos, deterministas, marxistas vulgares o peor, marxistas académicos de salón. El orgasmo ideológico se desborda en el Programa de Transición, justo antes de limpiar el pegajoso enchastre con un Kleenex sin dejar evidencia alguna del acto pecaminoso.
Después a trabajar. Tan ocupado con el laburo que la militancia queda un poco de lado. Además al principio te gusta tener tu propia guita. Después te sentís explotado, la guita que antes recibías ya no te parece tanta. Pero luego de algunas negociaciones y cambios de laburo te ascienden, cuando te querés dar cuenta te compraste un autito y te casaste. Definitivamente cortaste con la militancia, aunque te mantenes informado del estadío de la lucha de clases. Tu viejo y tu suegro te ayudaron con el primer depto en Villa Crespo, tres ambientes, bien. Progresaste. Entre tu familia y el laburo no tenés tiempo para discusiones sobre las fallas teóricas de Proudhon y Bakunin o el conservadurismo oculto de Bernstein. Para eso está la nueva generación de pibes, el recambio pensás vos.
Cuando te querés acordar tenés 50, ya ni pensás en la revolución y tu hijo te corre por izquierda mientras vos lees los libros de Stiglitz y sos un habitué de LeMonde. Lo ves sentado frente a un viejo y amarillento libro tuyo, "Tesis sobre Feuerbach", con la frente embadurnada de peróxido de benzoílo. Pensás en decirle que la ideología tiene los tiempos del acné, pero te quedás callado contemplandolo mientras lee. Se va a dar cuenta sólo.
